El incremento en la frecuencia e intensidad de huracanes, sequías, inundaciones y olas de calor es una consecuencia física directa de un sistema atmosférico con exceso de energía:
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Más calor equivale a más evaporación: Una atmósfera más cálida puede retener más humedad (aproximadamente un 7% más por cada grado Celsius de calentamiento). Esto provoca que las tormentas y huracanes tengan mucha más agua disponible, descargando lluvias torrenciales e inundaciones sin precedentes.
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Alteración de la corriente en chorro (Jet Stream): El calentamiento acelerado del Ártico reduce la diferencia de temperatura entre el polo y el ecuador. Esto debilita la corriente en chorro (un río de viento a gran altura que mueve los sistemas climáticos), provocando que las borrascas o los anticiclones se queden “estancados” durante semanas sobre una misma región, cronificando sequías o inundaciones históricas.
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Combustible térmico para los huracanes: Los ciclones tropicales se alimentan del calor del agua superficial del océano (que debe superar los 26.5∘C). Al estar las aguas oceánicas cada vez más calientes, los huracanes se intensifican mucho más rápido y alcanzan categorías destructivas con mayor facilidad.