Para abrir los canales de comunicación con un adolescente que tiende a cerrarse en su mundo, los adultos deben cambiar sus estrategias de acercamiento tradicionales:
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Practicar la escucha activa y sin juicios: Cuando el joven decida hablar, los padres deben evitar interrumpir para dar sermones, consejos no solicitados o minimizar su problema. A veces, el adolescente solo necesita desahogarse y saber que su emoción es válida.
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Sustituir el interrogatorio por la curiosidad genuina: En lugar de hacer preguntas cerradas y directas de forma policíaca (“¿Qué hiciste hoy?”, “¿Con quién estuviste?”), es mejor propiciar conversaciones casuales compartiendo experiencias propias o pidiéndoles su opinión sobre temas generales de actualidad o música.
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Respetar sus espacios de silencio e intimidad: Forzar la comunicación genera el efecto contrario (reactancia psicológica). Es vital respetar su habitación como su enclave privado y hacerles saber que, cuando estén listos para hablar, sus padres estarán ahí disponibles sin presiones.
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Separar el amor hacia el hijo de la crítica a su conducta: Cuando sea necesario poner límites o corregir un comportamiento, se debe atacar la acción y no la identidad del joven (por ejemplo, decir “lo que hiciste no estuvo bien” en lugar de “eres un desastre”). Esto evita que el adolescente se sienta atacado en su valía personal.