La separación de los padres altera el mundo predecible del niño, provocando un proceso de duelo que impacta en su conducta y emociones según su nivel de desarrollo:
Miedo al abandono e inseguridad: Los niños pequeños suelen interpretar la realidad de forma egocéntrica. Al ver que uno de sus padres se marcha de casa, pueden temer que el otro también lo haga, manifestando conductas regresivas (volver a orinarse en la cama, chuparse el dedo o no querer separarse de los padres).
Sentimientos de culpa artificiales: Es común que los menores piensen que la separación se debe a que se portaron mal o no estudiaron lo suficiente. Los adultos deben repetir de forma explícita e incisiva que el divorcio es una decisión exclusiva de los adultos y que ellos no tienen ninguna responsabilidad.
Impacto según la gestión del conflicto: El divorcio en sí mismo no es lo que daña psicológicamente a un niño a largo plazo, sino el nivel de hostilidad entre los padres. Si los adultos mantienen al menor al margen de sus disputas y garantizan una rutina estable en ambas casas, el niño se adaptará de forma saludable.